Despacio y a trompicones el tren se detiene en la siguiente
parada. Todos los pasajeros bajan, nadie sube. Edu se queda completamente
solo...
Sin darle tiempo a entender lo que sucede,
el tren reanuda su marcha. Un ambiente triste, frío y silencioso se hace dueño
del espacio. Edu decide levantarse y observar lo que pasa a través de las
ventanas y se sorprende al ver a sus amigos, sus compañeros de trabajo y
finalmente a su mujer. Todos se encuentran en el recorrido, mirando el tren,
sonriendo y hablando. Pero Edu no es capaz de escuchar nada de lo que dicen.
Edu empieza a picar a los cristales -
¡Socorro! ¿Alguien me oye? -. Los gritos se pierden en la nada. Impotencia,
frustración y desconcierto se ciernen sobre Edu en este orden. Sin saber lo que
ocurre contempla en el exterior como todos sus conocidos se acaban perdiendo en
la lejanía. Ya no queda nadie. Todo ha desaparecido, pero sus manos... ¿Qué le
sucede en las manos?
Un bello blanco cubre todo su brazo.
Manchas como chocolate cubren sus brazos y las uñas se ennegrecen. El suelo
queda cubierto en pocos minutos de centenares de pelos blancos y el reflejo en
la ventana le vomita una imagen espeluznante. Un anciano. El llanto viene a él,
al que todo lo esperaba y no disfrutaba, al que quería más y ya lo tenía. La
espera lo hizo infeliz y no entendió el sentido de su vida.
Un rostro adulto se dibuja al otro lado
del vagón. Un varón de 30 y pocos años se acerca a Edu - ¿Tienes el reloj? -
Pregunta mientras acaricia la mejilla del anciano.
Edu responde a duras penas - ¿El de arena?
-. Buscando su reloj, de repente recordó el que su mujer le regaló por su
cumpleaños. Haciendo ademán de sacárselo, el joven se le adelanta y lo sitúa en
su mano.
El chico le contesta - Me refiero a éste,
exactamente. ¿No te diste cuenta?.
Desconcertado, Edu se fija en el reloj.
Algo raro le llama la atención. No funcionaba. Nunca lo hizo. ¿Por qué le iban
a regalar justamente algo estropeado?
El chico mira fijamente al anciano, toca
el botón lateral del reloj y como por arte de magia se abre. Dentro hay algo
que hace que Edu se derrumbe. Las lágrimas cubren su rostro. Se maldice, lo
tuvo siempre y lo perdió. Dejó que el tiempo se interpusiera a lo que más
quería. Su familia. Una foto de su mujer y su hijo ocupaban el espacio interior
del reloj y grabado en la parte inferior, una palabra: "Ahora".
- Por eso te lo regalamos papá, para que
lo entendieras -. Con estas palabras el chico desaparece en la profundidad del
vagón. Edu vuelve a quedarse solo, ¿para siempre?
- ¿Hijo? Cómo es posible? Vuelve, por
favor, ¡ven! - Un grito de desesperación, una lágrima y dolor. El reloj de
arena se detiene. El cristal se empieza a romper y una nube de polvo cubre el
vagón. Edu no ve ni oye nada, solo se ahoga, se muere. Ya no importa
nada, todo ha pasado, solo queda el vacío. Y un último estornudo. Otro más. Y
otro. 20, 30 y hasta 40 estornudos, el polvo desaparece y las lágrimas no
permiten a Edu observar lo que tiene delante. Sin embargo sus oídos oyen voces,
alguien le habla.
- ¿Cariño estás bien?-.
Esa voz... no puede ser, no sabe dónde ni
cuando está. ¿Qué sucede?
- Papa, toma agua. -
- ¿Mi hijo? -. Edu empieza a ver lo que
tiene alrededor. Distingue una melena morena, una mesa a cuadros y un olor a
tarta recién hecha. Está en casa. 40 velas se presentan ante él.
- Felicidades cariño! Creíamos que te
ahogabas, tienes que beber más despacio. - Dicho esto, la mujer acerca un
paquete a Edu. Éste lo abre y descubre en su interior y aterrado que se trata
de un reloj. Sin embargo no es el mismo, éste es un reloj de arena. - De esta
forma lo dejarás en casa y no estarás pendiente de él fuera-. Acto seguido, su
mujer le da un beso y el niño los abraza.
Edu sonríe, esto es lo que quiere, ellos
son su felicidad. - Os quiero. -
Se rompe un tiempo para empezar una vida, feliz.
Fin