viernes, 27 de noviembre de 2015

El otro tren (con mi vida pasando) Parte 3

Despacio y a trompicones el tren se detiene en la siguiente parada. Todos los pasajeros bajan, nadie sube. Edu se queda completamente solo...

Sin darle tiempo a entender lo que sucede, el tren reanuda su marcha. Un ambiente triste, frío y silencioso se hace dueño del espacio. Edu decide levantarse y observar lo que pasa a través de las ventanas y se sorprende al ver a sus amigos, sus compañeros de trabajo y finalmente a su mujer. Todos se encuentran en el recorrido, mirando el tren, sonriendo y hablando. Pero Edu no es capaz de escuchar nada de lo que dicen.

Edu empieza a picar a los cristales - ¡Socorro! ¿Alguien me oye? -. Los gritos se pierden en la nada. Impotencia, frustración y desconcierto se ciernen sobre Edu en este orden. Sin saber lo que ocurre contempla en el exterior como todos sus conocidos se acaban perdiendo en la lejanía. Ya no queda nadie. Todo ha desaparecido, pero sus manos... ¿Qué le sucede en las manos?

Un bello blanco cubre todo su brazo. Manchas como chocolate cubren sus brazos y las uñas se ennegrecen. El suelo queda cubierto en pocos minutos de centenares de pelos blancos y el reflejo en la ventana le vomita una imagen espeluznante. Un anciano. El llanto viene a él, al que todo lo esperaba y no disfrutaba, al que quería más y ya lo tenía. La espera lo hizo infeliz y no entendió el sentido de su vida.

Un rostro adulto se dibuja al otro lado del vagón. Un varón de 30 y pocos años se acerca a Edu - ¿Tienes el reloj? - Pregunta mientras acaricia la mejilla del anciano.

Edu responde a duras penas - ¿El de arena? -. Buscando su reloj, de repente recordó el que su mujer le regaló por su cumpleaños. Haciendo ademán de sacárselo, el joven se le adelanta y lo sitúa en su mano.

El chico le contesta - Me refiero a éste, exactamente. ¿No te diste cuenta?.

Desconcertado, Edu se fija en el reloj. Algo raro le llama la atención. No funcionaba. Nunca lo hizo. ¿Por qué le iban a regalar justamente algo estropeado?

El chico mira fijamente al anciano, toca el botón lateral del reloj y como por arte de magia se abre. Dentro hay algo que hace que Edu se derrumbe. Las lágrimas cubren su rostro. Se maldice, lo tuvo siempre y lo perdió. Dejó que el tiempo se interpusiera a lo que más quería. Su familia. Una foto de su mujer y su hijo ocupaban el espacio interior del reloj y grabado en la parte inferior, una palabra: "Ahora".

- Por eso te lo regalamos papá, para que lo entendieras -. Con estas palabras el chico desaparece en la profundidad del vagón. Edu vuelve a quedarse solo, ¿para siempre?

- ¿Hijo? Cómo es posible? Vuelve, por favor, ¡ven! - Un grito de desesperación, una lágrima y dolor. El reloj de arena se detiene. El cristal se empieza a romper y una nube de polvo cubre el vagón. Edu no ve ni oye nada, solo se ahoga, se muere.  Ya no importa nada, todo ha pasado, solo queda el vacío. Y un último estornudo. Otro más. Y otro. 20, 30 y hasta 40 estornudos, el polvo desaparece y las lágrimas no permiten a Edu observar lo que tiene delante. Sin embargo sus oídos oyen voces, alguien le habla.

- ¿Cariño estás bien?-.

Esa voz... no puede ser, no sabe dónde ni cuando está. ¿Qué sucede?

- Papa, toma agua. -

- ¿Mi hijo? -. Edu empieza a ver lo que tiene alrededor. Distingue una melena morena, una mesa a cuadros y un olor a tarta recién hecha. Está en casa. 40 velas se presentan ante él. 

- Felicidades cariño! Creíamos que te ahogabas, tienes que beber más despacio. - Dicho esto, la mujer acerca un paquete a Edu. Éste lo abre y descubre en su interior y aterrado que se trata de un reloj. Sin embargo no es el mismo, éste es un reloj de arena. - De esta forma lo dejarás en casa y no estarás pendiente de él fuera-. Acto seguido, su mujer le da un beso y el niño los abraza. 

Edu sonríe, esto es lo que quiere, ellos son su felicidad. - Os quiero. -

Se rompe un tiempo para empezar una vida, feliz.

Fin


miércoles, 14 de octubre de 2015

El otro tren (con mi vida pasando) Parte 2

En el tren de las 7:00...
Sensación de vacío y rutina llenan el corazón de Edu. Su mirada se pierde a través del cristal de la ventana. Esa misma ventana desde donde contempla el amanecer, día sí, día también. El mismo andén, mismas personas e idéntico paisaje. Edu siente que su corazón se apaga cada día un poco más, la tristeza lo envuelve y sigue sin conocer el motivo. Hoy lo descubrirá.

Todo transcurre con normalidad, el tren inicia su marcha y en 30 minutos se encontrará en Barcelona, listo para una nueva jornada laboral. Sin embargo, algo ocurre en la primera parada. Un andén vacío, en blanco y negro, se presenta ante él. Edificios antiguos bañados de historias y farolas apagadas, excepto una. Debajo de ésta, Edu percibe una figura de escasa altura y con un semblante alegre. En su mano un reloj de arena de cristal desgastado. La arena empieza a caer y lo que ahora parece ser un niño levanta la mano a modo de despedida. Una luz proveniente de la farola deslumbra la mirada de Edu y tras unos segundos de oscuridad y virutas de luz, el andén desaparece.

Edu se siente desconcertado pero atribuye su visión a la falta de sueño. Necesita beber algo para despejarse. De su bolsa saca una botella de agua que ha sido rellenada varias veces. Al guardarla de nuevo, algo parece llamar su atención. Un objeto que no reconoce como suyo y que sin embargo nadie excepto él podría haber guardado en su bolsa. ¿O sería su mujer? Al sacar el misterioso objeto se da cuenta de lo que es: un reloj de arena. ¿El mismo que le enseñó el niño? Al mirarlo de cerca Edu se percata que la arena no deja de caer, sin importar la posición en la que se ponga el reloj. No entiende nada. Decide ponerlo en posición horizontal, no obstante la arena sigue su curso, sin cesar, al mismo ritmo, como si de una cuenta atrás se tratara.

Sin tener más tiempo para pensar, el tren hace un extraño y sacude a los pasajeros de un lado a otro. De repente, luces apagadas, silencio y penumbra. El tiempo se detiene, nadie parpadea, nadie respira, sin embargo Edu sí. Una puerta al final del vagón se abre y a través de ella una figura se muestra. Otro niño. Se acerca cada vez más a Edu y éste intenta preguntarle quien es, pero de su boca no salen las palabras, solo silencio. El niño se acerca cada vez más, su mirada fija en los ojos de Edu. No sonríe, no habla. Tras unos segundos cara a cara, el muchacho abre la boca, dando la sensación que intenta hablar pero que algo se lo impide. Algo empieza a caer a los pies de Edu, quien sin saber lo que es en un principio, decide agacharse para averiguarlo. Arena.

De repente, los ojos del niño se vuelven marrón tierra, cada vez más intenso. De sus lagrimales empieza a correr un río de arena. Del mismo modo, su boca empieza a escupir granos cada vez más grandes. ¿Semillas? Edu se siente aterrado, el ruido de la arena al caer cada vez es más intenso, hasta tal punto que parece que su cabeza va a estallar. De la desesperación logra sacar un grito y un rayo de luz cubre el vagón de nuevo. Ya no hay niño ni arena, solamente pasajeros aterrados con la mirada fija en Edu. Un sueño.

El reloj de arena sigue su curso, y en la próxima estación Edu entenderá su significado.

Continuará...

viernes, 2 de octubre de 2015

El otro tren (con mi vida pasando) Parte 1

40 velas en una tarta de fresas. Así empieza el día de hoy para Edu. Su mujer y su hijo le han preparado una pequeña sorpresa para este día tan especial, además de un lujoso reloj de pulsera. Normalmente a Edu no le suelen gustar los cumpleaños, ya que le recuerdan que el tiempo pasa, que algo le espera, algo mejor, pero no llega. Un reloj como regalo empeora las cosas, sin embargo abraza y besa a su familia, a quienes quiere con locura. Tras un agradable desayuno debe partir a su trabajo.

Recorre la rambla de su ciudad, camino de la estación. Mucha gente en las calles, desconocidos, se siente solo. Algunas miradas se dirigen a él pero baja la cabeza. El frío de esta mañana de otoño cala sus huesos y buscando cobijo en su propio abrigo, contempla el reloj que su familia le ha entregado. Su estado anímico parece reflejarse en el cielo, de un color gris ceniza que apenas deja pasar los primeros rayos del sol.

Observa los escaparates y a través de ellos ve el reflejo del hombre que es, pero no del que quiere ser. Una barba descuidada y ojos enrojecidos por la poca calidad de su sueño. Al pasar por delante de su antiguo colegio mil recuerdos alumbran su mente. Tantas ilusiones, aspiraciones y sueños, que ahora parecen haber caído en un olvido infinito. Su corazón llora por la cruel diferencia entre lo que quiso ser y lo que ahora es. ¿Quizás sus ambiciones eran demasiado exigentes?

Tener un trabajo agradable, con compañeros simpáticos y un buen sueldo. Algo así es un lujo hoy en día, y Edu es uno de los pocos que puede decir que el trabajo y el dinero no es un problema. Lo mismo sucede con su familia. Su mujer trabaja como maestra en su ciudad y su hijo, David, de 8 años, es uno de los más inteligentes y educados de su clase. Si todo parece funcionar a su alrededor, ¿qué es lo que hace que Edu se sienta triste? 

La obsesión por buscar soluciones en el exterior a veces no nos deja observar la verdadera raíz de nuestros problemas y preocupaciones. Y al igual que éstas, la llave la podemos encontrar dentro de nuestros corazones. Solamente hace falta que la mente la sepa encontrar. 

Hoy Edu cogerá el tren, para regresar siendo un hombre nuevo, un hombre feliz. 

Continuará...

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Tu futuro se decide

El despertador de Pedro suena cada día a las 5 de la mañana. Su rutina no se puede considerar nada del otro mundo. Un desayuno basado en café y tostadas con mermelada, una ducha rápida y un par de besos a su mujer y a sus dos hijas antes de ir a trabajar. El sol sigue oculto cuando sale de casa y la luz del extrarradio continua visible desde su barrio humilde, en el casco antiguo de la ciudad. La misma Vila en la que ha vivido los 43 años de vida que tiene actualmente.

De camino a la estación de tren suele ver a los barrenderos municipales, que algunas veces le deleitan con unos breves segundos de conversación, otras simplemente se encuentran sumergidos en su trabajo y sus pensamientos. Sigue siendo de noche cuando llega a la estación y, esperando el tren, mata el tiempo leyendo y sobretodo eliminando emails de publicidad y ofertas de trabajo. No es que no le guste su trabajo, pero tras 10 años en la empresa siente que merece algo mejor, por lo que de vez en cuando responde a las ofertas de empleo que le parecen más interesantes. Sin éxito.  

Hoy, es un martes cualquiera de diciembre, con frío y amaneceres tardíos. ¿Pero y si fuera hoy uno de esos días que todo cambia? La vida es muy curiosa e impredecible ya que podemos vivir años sin cambios ni sobresaltos, y en pocos minutos u horas, todo puede alterarse.

El tren ya se encuentra en el andén y Pedro se sube, como de costumbre, en el primer vagón, piso superior. Todos los pasajeros procuran tener sitios vacíos a su alrededor para poder depositar sus enseres y estirar las piernas. Pedro no es diferente a ellos. Coloca su maletín en el asiento de su derecha, saca su novela y empieza a leer. Sin embargo, poco después que el tren empiece a andar, un hombre en sus cincuenta, canoso y elegante se sienta al lado de Pedro. Todo va a cambiar.

- ¿Buenos días Pedro, cómo estás? -empieza la conversación el desconocido, ante la sorpresa de Pedro.
- Hola, perdona pero ahora no caigo en...
- Normal, normal - comenta - No creo que sepas quien soy, sin embargo yo a ti sí que te conozco.

Tras una breve pausa, el desconocido continua su presentación:
- Mi nombre es Claudio, me dedico a viajar, observar y ofrecer una vida, un futuro mejor a aquellas personas que selecciono, además...
Pedro interrumpe en un tono nada amigable -Ya, vale, no me interesa, pero gracias -. Acto seguido, Claudio abre su maletín, de donde emergen una serie de carpetas y fotografías. El tren realiza la primera parada, nadie se sienta en ninguno de los 4 asientos libres que todavía quedan en el área donde se encuentran los dos hombres.

El tren reanuda su marcha y Claudio sigue con su extraña proposición:
- Entiendo que te parezca raro, yo pensaría igual y es algo con lo que tengo que tratar a menudo, pero mira, te enseño un par de fotos, sin ningún compromiso-. Seguidamente Claudio muestra una foto a Pedro donde se puede observar una mujer sentada al borde de una piscina, dos niños en un columpio y un padre observando desde la ventana de una casa, al parecer, insultantemente cara.

Pedro contempla la foto durante unos segundos y antes de poder dar respuesta a sus pensamientos, Claudio prosigue. - Este hombre se llama David y al igual que a ti lo conocí en un tren y le hice la misma oferta que la que te voy a hacer ahora mismo. Te ofrezco poder tener todo esto y más, no tener que trabajar y vivir esta vida con tu familia. Ni trabajando toda tu vida podrías llegar a tener todo esto. Yo te lo ofrezco y mi única condición es que dejes todo atrás, tu trabajo, tu piso y tu ciudad. Tú y tu familia empezaríais de nuevo y tendrías una vida fácil, cómoda y envidiable-.

-Todo esto debe tener truco, nadie regala nada y menos a desconocidos- responde finalmente Pedro. - ¿Además, qué tengo yo que no pueda tener otro en este tren?
- Lo que tienes, al igual que el hombre de la foto, es que ambos lleváis una vida como la que yo tuve antes de ser rico. Si hago esto es porque yo no podré disfrutar de esa fortuna y quiero que alguien lo haga por mí, alguien como tú-. Este último argumento había dejado sin palabras a Pedro, por lo que Claudio intenta presionar todavía más a Pedro - Hay otra cosa Pedro, para poder acceder a todo esto debes decidirte. Solo tenemos tiempo hasta que el tren llegue a tu parada-.

Hasta el momento Pedro no se había tomado en serio, o no quería, la proposición del extraño personaje, pero estas últimas palabras han acelerado su pensamiento. Ser feliz, tener todo lo que siempre ha deseado y por lo que cada mañana se levanta de madrugada y vuelve tarde a su casa. Su mujer podría descansar y sus hijas crecerían en un entorno amigable, sin preocupaciones y con todos los lujos que quisieran. Esa sería una gran vida, pero sería suya. Pedro responde finalmente - Te estoy agradecido, y creo que es algo que me merezco y deseo, es más, cualquiera desearía esto. Me he sentido muy tentado pero mi respuesta es no. Digo no porque mi vida puede ser peor, o más dura, pero es mía. Aceptar tu proposición supondría dejar de ser yo mismo, dejar de luchar y quitar el significado a todo lo que he hecho hasta ahora y lo que intento inculcar a mis hijas. Soy feliz así, porque es mi vida y la vivo como sé y lucho cada día. Si me quitas esa lucha dejaría de tener sentido lo que soy, y no podría ser feliz, porque dejaría de ser yo mismo. Pero gracias de corazón-.

Estas palabras parecieron no afectar a Claudio, quien, tras escuchar la respuesta decide guardar todos sus papeles y en su lugar abre una carpeta azul. - Gracias Pedro, gente como tú es la que queremos, con principios y luchadores. Debo excusar todo este paripé y me vuelvo a presentar, me llamo en realidad Santiago y soy responsable de Recursos humanos en Walter & Co. Recibimos tu curriculum hace unos meses y has sido uno de los candidatos finalistas para el puesto en dirección que solicitaste. Nuestro modo de hacer entrevistas es diferente, ya que queremos conocer a nuestros aspirantes en un contexto real y no en una entrevista, donde todo el mundo actúa e intenta responder a las preguntas como si de un examen se tratara. Debo decir que teníamos dudas sobre quien debía ocupar este puesto, pero ahora lo tengo claro. El puesto es tuyo si lo quieres, y esto sí que te lo has ganado. 

Pedro responde - Gracias - al mismo tiempo que cerraba el acuerdo con un apretón de manos. Su integridad, su moral y su lucha le habían llevado a donde quería. Se había ganado su felicidad. 

El tren llega al fin a su destino y Pedro empieza un nuevo desafío, sin dejar de ser él mismo. 




domingo, 20 de septiembre de 2015

La pantalla

Madrugada del lunes. Podrían ser las dos, o tal vez las tres de la mañana. Ya no importa. Acababa de tirar mi teléfono móvil por la ventana tras más de tres horas de discusión con la que hasta ese día era mi novia. Lo único que pude hacer fue añadir exclamaciones y emoticonos a cada cual más dramático, sin éxito ninguno. Supongo que discutir a través de un chat no deja demasiadas más opciones...

Debo decir que he acabado odiando incluso a mi teléfono. Si me detengo a pensar, él siempre me ha dado las peores noticias. Hace pocos meses me informó que mi nota de selectividad era insuficiente para acceder a la carrera que tanto deseaba estudiar, luego he sido rechazado por varias chicas en una web de contactos y finalmente, ahora que podía decir bien fuerte que había encontrado a mi media naranja, acaba rompiendo conmigo a través de él. Destrozar dicho dispositivo ha sido una reacción totalmente natural y lógica.

7:40. Después de una noche en vela y un teléfono destrozado, es hora de ir a estudiar.Subiendo al tren encuentro uno de los pocos sitios libres y tras un par de equilibrismos logro sentarme entre dos chicos de aproximadamente 18 a 20 años. No puedo leer, veo las páginas de mi libro pasar pero tengo la sensación que las palabras entran y salen de la cabeza sin ser procesadas. Es uno de esos días en los que escuchar música y sumergirse en pensamientos autodestructivos parece ser lo único que uno puede hacer. No dejo de visualizar la conversación que he tenido esta madrugada, rememorando las frases más intensas, los reproches, laméntandome de no haber dicho lo que ahora me viene a la mente y pasando de la ira a la melancolia.

El tren no tarda en arrancar y a pesar de no haber dormido, no tengo ni pizca de sueño y cierro los ojos sin éxito, Decido quedarme mirando a los demás pasajeros, pensando en sus vidas, metas y en los motivos para coger este tren. Para mi sorpresa no logro distinguir ni una cara, todas ellas permanecen ocultas mientras contemplan sus teléfonos. ¿Es siempre así? Van pasando los minutos, sigo con mi música y nadie parece reaccionar. Voy llegando a ese instante en el que lo que hasta entonces era normal, ahora empieza a ponerme tenso. ¿Por qué nadie habla, ni se mira o ni siquiera contemplan el paisaje?

A pesar de la música oigo reir al chico que tengo enfrente, sin embargo su boca no se mueve. Su cara es como una máscara que no permite distinguir expresión ninguna, no obstante soy capaz de escuchar sus carcajadas. Lo mismo ocurre con la mujer de su izquierda y, posteriormente, con el chico que tengo a mi lado. Todos ríen, ellos y ellas, y el vagón se llena de carcajadas. ¿Qué es eso tan divertido que hace que todos rían y no levanten sus cabezas?. Estoy cada vez más incómodo en mi asiento y decido levantarme e ir hacía el final del vagón. Necesito salir de allí. Sin embargo en el siguiente vagón nada cambia, todos sus ocupantes ríen, con sus cabezas agachadas.

Entramos en el primer túnel y un ambiente fantasmagórico llena el espacio. Caras blancas iluminadas por pantallas, risas que resuenan en mis oídos y sombras que visten las paredes. Ya no puedo más, tengo que saber que pasa, de que se ríen. Dejando la timidez de lado, pregunto a una mujer con vestido de flores, pero no recibo respuesta, ni siquiera recibo una mirada. Es como si no existiera, como si fuera invisible. Pruebo con el señor mayor a su lado, lo mismo. Repasando mi estado de ánimo he pasado de estar voluble escuchando mi música a sentirme tenso, agobiado y finalmente, desesperado. Le quito el teléfono a un niño (lo sé, no es muy decente) y su cara se dirige hacía mí. Por fin, pienso, una muestra que realmente existo. Sin embargo una nube de gritos cubren el espacio y las caras blancas y ojos sombríos de los pasajeros se clavan en mí. ¿De qué se reían? Necesito saberlo y sin mi teléfono no podía averiguarlo. Al final sacio mi curiosidad gracias al móvil que me he adjudicado.

Una conversación aparece en la pantalla y para mi sorpresa no es para nada graciosa. Se trata de mi discusión con mi novia. Todos la estaban leyendo, se mofaban y parecían pasarlo bien. Yo no podía saber que era porque no llevaba ningún dispositivo, no estaba conectado, ellos sí. Todos se reían de alguién que tenían delante, sin importarles y sin escucharme. ¿Por qué tanta crueldad? No entiendo por qué se deleitaban de mi desgracia y mi tristeza. ¿Es normal que la mala fortuna de los demás nos haga sentir bien? Devuelvo el teléfono al chaval, quien vuelve a centrarse en la pantalla. Las carcajadas vuelven.

Por fin el tren se detiene y me bajo de él. Lo hago solo, sin nadie que me siga. Tras dar un par de pasos una pregunta obvia aparece en mi cabeza: ¿Cómo ha llegado la conversación a todos sus teléfonos? Una sensación de vértigo se apodera de mí, como si  estuviera a punto de caer por unas escaleras, y seguidamente resuena un solo de batería. Estoy a punto de caerme y al recobrar el equilibro me encuentro sentado de nuevo en el asiento del tren, solo y en una parada que no es la mía. En un letrero electrónico puedo leer "final de recorrido". Al parecer sí que tenía sueño.

jueves, 17 de septiembre de 2015

El último mensaje

Ya hace 4 meses. Recuerdo todavía y me arde el corazón cuando visualizo el mensaje de Eduardo: "Chicos esto es muy duro, me acaban de venir a ver a la peluquería, María ha muerto". Al ver este mensaje lo primero que hice fue seguir trabajando unos pocos segundos, para poco después volver a leer el texto. Mi cerebro no lo asimilaba, o no quería hacerlo. Ella fue una gran amiga, de esas que marcan etapas y se convierten en protagonistas de unos años de tu vida. No obstante hubo un repentino giro de timón y acabamos distanciados, incluso nos llegamos a odiar. Ella evitaba salir con nuestros amigos si yo iba a ir, del mismo modo que yo me sentía incómodo con su presencia. Solo quedaron reproches, malas palabras y heridas abiertas. Iluso de mí, meses atrás creía que el destino o el tiempo pondría todo en su sitio y volveríamos a tener, como mínimo, una relación cordial. Esperando me dí cuenta que me equivoqué. Ahora hay heridas que jamás sanarán.

Hoy. Esperando me encuentro en el andén, deben ser las 6:40 puesto que mi tren llega y me subo en él. Es hora punta y cuesta encontrar sitio para sentarse, sin embargo descubro uno al lado de una mujer que aparenta llevar durmiendo toda la mañana en su asiento. Me encuentro demasiado cansado como para poder leer y mantener la concentración. Desde que María falleció, su imagen aparece en mi pensamiento con demasiada frecuencia, incluso en sueños. Así que decido sacar mi móvil y cotillear los primeros posts del día en Facebook. Descubro que tengo un whatsapp y lo primero que pienso es: "otro mensaje grupal compartiendo memes o chistes...". Sin embargo se trata de un número que no tengo en la agenda pero me resulta vagamente familiar. Dos palabras: "¿Dónde estás?". 

Estoy desconcertado y dudo si responder ya que lo más seguro es que se haya equivocado, pero finalmente  contesto: "¿Quién eres?". Acto seguido me espero una respuesta del estilo " me he equivocado, perdón" o "soy la Montse, ...". Lo que ocurre a continuación todavía me desorienta más y es que su reacción me eriza la piel, quizás por su brusquedad y familiaridad de sus palabras. " ¿Todavía sigues respondiendo las preguntas con preguntas?".
Ante respuestas inesperadas de parte de personas desconocidas no sé todavía como reaccionar. Dudo que respuesta dar cuando recibo un nuevo mensaje: "¿Dónde estoy?".

Entramos en un túnel, pierdo la cobertura y me quedo reflexionando acerca de ese último mensaje. Por mi mente pasan mil recuerdos, mil imágenes, mil pensamientos, empiezo a notar como mis manos se humedecen y se enfrían. Respondo: "¿María?". Me quedo mirando la pantalla, sin cerrar la conversación, esperando que escriba. Su mensaje dice: "Se nos hizo tarde, perdimos el tiempo, nos odiamos y desperdiciamos nuestras vidas pensando en un futuro que nunca existió". Esa era su forma de escribir, nunca respondía de forma clara y sus respuestas me daban dolor de cabeza. ¿Cómo era posible? No estaba viva, pero hablaba con ella y no podía desperdiciar el tiempo preguntando cosas que realmente no importaban, necesitaba aprovechar esa oportunidad. "María, he pensado mucho en ti, que nos dejaras es lo más duro que jamás he vivido y es un dolor que nunca se irá". 

María responde: "El dolor se irá, te quiero y te querré a pesar de que deje de existir, odiarte ha acabado conmigo y quiero que mi cariño te haga vivir". 

Yo: "Te echo de menos, lo siento tanto, ojalá tuviéramos otra oportunidad..."

María: "Tú la tienes, yo ya no estoy, pero a través de ti estaré aquí. Deja de pensar y vive. Llena tus horas, tus minutos, tus segundos, haz feliz a nuestros amigos. La vida es una botella, tú decides como llenar la tuya y la de los demás. Pero no pierdas el tiempo sufriendo y pensando, y haz que valga la pena."

Se me llenaron los ojos de lágrimas, jamás pensé que volvería a tener una conversación así con ella. Me sentí recomfortado y a la vez noté que algo estaba sanando dentro de mí, como una herida que empieza a cicatrizar y deja de doler al fin. Nos pasamos la vida planeando y esperando, sin saber que pasará al día, o incluso al minuto siguiente. Llenar nuestra vida de experiencias, cariño y significado, en eso consiste vivir. Si nos pasamos la vida esperando, nuestras botellas acabarán vacías. 

Pienso bien que escribir, estoy temblando y asimilando todo lo que me está pasando. Ella se adelanta. "Sé feliz, no me olvides, esto me mantendrá viva". Salgo del tren con la esperanza de poder seguir hablando con ella. Pantalla negra, mi teléfono no se enciende, ¿cómo voy a saber si realmente he tenido esta conversación? No lo sé, nunca lo sabré, pero hay algo de lo que estoy seguro: No te olvidaré, vivirás a través de mi y caeremos juntos en el olvido. Descansa en paz. 

Fin

Dedicado a una gran amiga y persona que nos dejó a todos. Hasta siempre.