Madrugada del lunes. Podrían ser las dos, o tal vez las tres de la mañana. Ya no importa. Acababa de tirar mi teléfono móvil por la ventana tras más de tres horas de discusión con la que hasta ese día era mi novia. Lo único que pude hacer fue añadir exclamaciones y emoticonos a cada cual más dramático, sin éxito ninguno. Supongo que discutir a través de un chat no deja demasiadas más opciones...
Debo decir que he acabado odiando incluso a mi teléfono. Si me detengo a pensar, él siempre me ha dado las peores noticias. Hace pocos meses me informó que mi nota de selectividad era insuficiente para acceder a la carrera que tanto deseaba estudiar, luego he sido rechazado por varias chicas en una web de contactos y finalmente, ahora que podía decir bien fuerte que había encontrado a mi media naranja, acaba rompiendo conmigo a través de él. Destrozar dicho dispositivo ha sido una reacción totalmente natural y lógica.
7:40. Después de una noche en vela y un teléfono destrozado, es hora de ir a estudiar.Subiendo al tren encuentro uno de los pocos sitios libres y tras un par de equilibrismos logro sentarme entre dos chicos de aproximadamente 18 a 20 años. No puedo leer, veo las páginas de mi libro pasar pero tengo la sensación que las palabras entran y salen de la cabeza sin ser procesadas. Es uno de esos días en los que escuchar música y sumergirse en pensamientos autodestructivos parece ser lo único que uno puede hacer. No dejo de visualizar la conversación que he tenido esta madrugada, rememorando las frases más intensas, los reproches, laméntandome de no haber dicho lo que ahora me viene a la mente y pasando de la ira a la melancolia.
El tren no tarda en arrancar y a pesar de no haber dormido, no tengo ni pizca de sueño y cierro los ojos sin éxito, Decido quedarme mirando a los demás pasajeros, pensando en sus vidas, metas y en los motivos para coger este tren. Para mi sorpresa no logro distinguir ni una cara, todas ellas permanecen ocultas mientras contemplan sus teléfonos. ¿Es siempre así? Van pasando los minutos, sigo con mi música y nadie parece reaccionar. Voy llegando a ese instante en el que lo que hasta entonces era normal, ahora empieza a ponerme tenso. ¿Por qué nadie habla, ni se mira o ni siquiera contemplan el paisaje?
A pesar de la música oigo reir al chico que tengo enfrente, sin embargo su boca no se mueve. Su cara es como una máscara que no permite distinguir expresión ninguna, no obstante soy capaz de escuchar sus carcajadas. Lo mismo ocurre con la mujer de su izquierda y, posteriormente, con el chico que tengo a mi lado. Todos ríen, ellos y ellas, y el vagón se llena de carcajadas. ¿Qué es eso tan divertido que hace que todos rían y no levanten sus cabezas?. Estoy cada vez más incómodo en mi asiento y decido levantarme e ir hacía el final del vagón. Necesito salir de allí. Sin embargo en el siguiente vagón nada cambia, todos sus ocupantes ríen, con sus cabezas agachadas.
Entramos en el primer túnel y un ambiente fantasmagórico llena el espacio. Caras blancas iluminadas por pantallas, risas que resuenan en mis oídos y sombras que visten las paredes. Ya no puedo más, tengo que saber que pasa, de que se ríen. Dejando la timidez de lado, pregunto a una mujer con vestido de flores, pero no recibo respuesta, ni siquiera recibo una mirada. Es como si no existiera, como si fuera invisible. Pruebo con el señor mayor a su lado, lo mismo. Repasando mi estado de ánimo he pasado de estar voluble escuchando mi música a sentirme tenso, agobiado y finalmente, desesperado. Le quito el teléfono a un niño (lo sé, no es muy decente) y su cara se dirige hacía mí. Por fin, pienso, una muestra que realmente existo. Sin embargo una nube de gritos cubren el espacio y las caras blancas y ojos sombríos de los pasajeros se clavan en mí. ¿De qué se reían? Necesito saberlo y sin mi teléfono no podía averiguarlo. Al final sacio mi curiosidad gracias al móvil que me he adjudicado.
Una conversación aparece en la pantalla y para mi sorpresa no es para nada graciosa. Se trata de mi discusión con mi novia. Todos la estaban leyendo, se mofaban y parecían pasarlo bien. Yo no podía saber que era porque no llevaba ningún dispositivo, no estaba conectado, ellos sí. Todos se reían de alguién que tenían delante, sin importarles y sin escucharme. ¿Por qué tanta crueldad? No entiendo por qué se deleitaban de mi desgracia y mi tristeza. ¿Es normal que la mala fortuna de los demás nos haga sentir bien? Devuelvo el teléfono al chaval, quien vuelve a centrarse en la pantalla. Las carcajadas vuelven.
Por fin el tren se detiene y me bajo de él. Lo hago solo, sin nadie que me siga. Tras dar un par de pasos una pregunta obvia aparece en mi cabeza: ¿Cómo ha llegado la conversación a todos sus teléfonos? Una sensación de vértigo se apodera de mí, como si estuviera a punto de caer por unas escaleras, y seguidamente resuena un solo de batería. Estoy a punto de caerme y al recobrar el equilibro me encuentro sentado de nuevo en el asiento del tren, solo y en una parada que no es la mía. En un letrero electrónico puedo leer "final de recorrido". Al parecer sí que tenía sueño.
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